
La falla de Plateros-Mixcoac ―recientemente descubierta por expertos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)― ha hecho que en los últimos meses se registren diversos microsismos en la Ciudad de México. Específicamente, el miércoles 14 de febrero se registraron al menos tres movimientos telúricos que levantaron temor entre los ciudadanos.
Y es que debido a que estos sismos se originan en la propia capital y son de baja magnitud, es imposible que la alerta sísmica se encienda, tomando entonces por sorpresa a las localidades cercanas al epicentro, como ocurrió recientemente con las alcaldías Álvaro Obregón y Magdalena Contreras.
Sin embargo, aunque la población se ha acostumbrado al Sistema de Alerta Sísmica Mexicano (SASMEX), en la antigüedad las culturas prehispánicas, específicamente los aztecas, vivían de otra forma los terremotos.
Cómo le hacían los aztecas
Los aztecas y otras culturas prehispánicas tenían una profunda conexión con su entorno natural, la cual se reflejaba en su cosmovisión en la que los fenómenos naturales, incluidos los sismos, eran interpretados a través del lente de su religión y mitología. Estas civilizaciones dejaron constancia de su experiencia y comprensión de los terremotos en diversas fuentes, entre ellas los códices, que son manuscritos pictóricos donde plasmaron su conocimiento, rituales y la cotidianidad de su vida.

Los aztecas, por ejemplo, relacionaban los sismos con la ira o el movimiento de los dioses, particularmente de Cipactli, el monstruo terrestre al que asociaban con la tierra, y quien, según su mitología, fue vencido por los dioses Tezcatlipoca y Quetzalcóatl para crear el mundo. Cualquier temblor era interpretado como un movimiento de esta criatura, un recordatorio de que el orden del mundo era temporal y podía ser alterado por las deidades.
Uno de los códices que menciona explícitamente los sismos es el Códice Telleriano-Remensis, elaborado en el siglo XVI, que combina la tradición de los códices prehispánicos con las influencias de los escritores y artistas europeos. En este códice, se registran acontecimientos históricos relevantes de los mexicas, incluidos terremotos significativos que ocurrieron antes y después de la llegada de los españoles, interpretados como señales o presagios.
Identificado como el primer documento que ilustra pictóricamente los terremotos en América antes de la era colonial, está escrito sobre papel europeo e interpretado gracias a glosas en latín, español y ocasionalmente italiano, utiliza una simbología específica para representar los terremotos: los glifos ollin (movimiento) y tlalli (tierra).
Estos elementos gráficos demuestran la sofisticada manera en la que los aztecas documentaban fenómenos naturales. No obstante, los especialistas reconocen que aún hay mucho por descifrar acerca de la exactitud y el significado completo de esas representaciones. La esperanza de los investigadores radica en que futuros descubrimientos puedan arrojar luz sobre estos y otros aspectos aún desconocidos de la documentación prehispánica de desastres naturales.
Otro testimonio importante se encuentra en el Códice Chimalpopoca, que recoge relatos y leyendas del Anales de Cuauhtitlán y la Leyenda de los Soles. Aunque no se centra exclusivamente en los sismos, este texto ofrece una visión sobre cómo los fenómenos naturales estaban tejidos en la narrativa mítica e histórica de la cultura, evidenciando su perenne presencia y significado dentro de la cosmovisión prehispánica.

A través de estos textos y otros registros arqueológicos y etnográficos, es posible apreciar cómo las culturas prehispánicas vivenciaron y conceptualizaron los sismos. Lejos de ser meros eventos geológicos, los terremotos estaban imbuidos de significado religioso y mítico, interpretados como manifestaciones de las voluntades divinas que influían directamente en la vida y el destino de estas civilizaciones.
Cómo reaccionaban
Una de las primeras descripciones documentadas de un terremoto en lo que ahora es México se encuentra en los Anales de Tlatelolco, un registro histórico en lengua náhuatl que detalla un sismo ocurrido aproximadamente en el año 1455. Este relato narra cómo “hubo también terremoto y la tierra se agrietó y las chinampas se derrumbaron; y la gente se alquilaba a otra a causa del hambre”, reflejando las devastadoras consecuencias de este evento natural en la población y su infraestructura.

La ciudad de Tenochtitlan, capital del imperio mexica, estaba edificada sobre chinampas: islotes artificiales creados a partir de piedra, tierra y cañas, utilizados para la agricultura y como solución al entorno lacustre de la región. El sismo del 1455 provocó un desastre en esta ingeniosa construcción, dejando la ciudad en caos.
Las reacciones de los mexicas frente a los sismos también están documentadas por Bernardino de Sahagún, un misionero franciscano y uno de los principales investigadores de la cultura nahua. Sahagún describe cómo, durante un sismo, los habitantes rociaban con agua sus posesiones y estructuras fundamentales de sus hogares, en un intento de protección simbólica contra el daño. Además, expresaban vociferaciones y elevaban a sus niños, creyendo que estas acciones les protegerían del terremoto.
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